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El rabipelado burlado

(Cuento)
Rabipelado
Un día, al amanecer, el Rabipelado se encontró con una bandada de trompeteros.
El Rabipelado tenía hambre y los trompeteros buscaban rica fruta para darse un festín.

—Buenas tardes, hermano Trompetero —dijo el Rabipelado, acercándose al más grande de la bandada.

-¡Buenos tardes, hermano Rabipelado!- gritó el Trompetero.

–¡Caramba, hermano, que tengo las orejas delicadas...! protestó el Rabipelado y enseguida bostezó-. ¡Qué rápido se pone el sol!, ¿verdad?... ¡y qué sueño que tengo!, ¡creo que voy a dormir! Y ustedes, los Trompeteros, ¿dónde duermen?

El Trompetero grande, distraído con un coquito brillante que había caído de una rama, contestó:

-Ahí mismo, en esa mata de sekiunwarai.

–Pues yo voy a recogerme por allá... mientras ustedes se acuestan por aquí... -dijo el Rabipelado.

–Está bien -respondió el Trompetero y, con un grito de despedida, la bandada se fue a dormir.

El Rabipelado, calladito, se escondió en un hueco de la mata de sekiunwarai y esperó el anochecer.

Cuando estaba bien oscuro, el Rabipelado se subió a la mata y empezó a tocar las ramas nudosas buscando algún Trompetero. Tocó arriba y abajo, aquí y allá, pero lo único que sintió fueron esas ramas nudosas.

– ¡Hay que ver qué mentiroso es el hermano Trompetero! -refunfuñó el Rabipelado y se acostó en una de las ramas.

La rama –que no era rama...- se movió, pegó un grito y salió volando.

Y ahí se quedó el Rabipelado, encaramado a la mata, hambriento y enojado, mientras la bandada se alejaba.

Todo el día se la pasó el Rabipelado buscando comida. Al atardecer se encontró con un Piacoco, que cantaba en una rama seca.

–Buenas tardes, hermano Piacoco –dijo el Rabipelado, lamiéndose los bigotes- ¿Qué hace usted?

–Aquí, llamando a la lluvia, hermano- contestó el Piacoco.

El Rabipelado se sacudió...

Trompetero

-¡Qué frío tengo! ¿Tú no tienes frío, hermano?... y parece que allí viene la lluvia. Creo que voy a buscar un lugar para protegerme de la noche. Y tú, hermano, ¿dónde duermes tú?

El Piacoco, creyendo que se lo preguntaba por curiosidad nada más contestó:

-Yo duermo en el árbol aquel.

–Pues yo... como que voy a descansar por aquí mientras tú te acuestas por allá -dijo el Rabipelado, y se quedó entre unas piedras esperando la noche.

Cuando oscureció, el Rabipelado se subió calladito al árbol y empezó a buscar al Piacoco. Tocó arriba y abajo. Toco aquí y allá pero por más que buscó y rebuscó no lo encontró. Sólo tropezó con un paquete de ají tostado, cosa que nunca le había gustado.

Por fin, cansado de buscar, se bajó del árbol diciendo:

-¡Qué embustero, caramba, es mi hermano el Piacoco!

Al amanecer, el Rabipelado oyó un ruido en el árbol. Miró hacia las ramas donde había estado y vio cómo el paquete de ají tostado se desenrolló y salió volando con la cola levantada.

–Nnnnggggffff... -gritó rabioso- ¡Ése no era ningún paquete de ají! ¡Ése era un paquete de Piacoco! Ya verás Piacoco, poco a poco...

Pero no le quedó más remedio que seguir su camino, más hambriento que nunca.

Caminando, caminando, se encontró con la Poncha Relojera cantando las seis de la tarde.

-Buenas tardes, hermana Poncha –le dijo el Rabipelado con la lengua afuera y reseca.

-Buenas tardes, hermano Rabipelado -le contesto la Poncha.

-Ya es hora de que se vaya el sol, ¿no crees, hermana? –preguntó el Rabipelado hambriento-. Es hora de dormir, ¿no crees? Yo me voy a dormir ahorita mismo... ¿Y tú... dónde duermes tú, hermana?

Pero a la Poncha no le gustó nada cómo la miraba el Rabipelado con esos ojitos brillantes y la lengua afuera. Por eso apuntó la cola hacia el árbol más alto y le dijo:

-¿Yo? Duermo allá arriba... en la punta de esas ramas —y cantando se subió al árbol mientras el Rabipelado la miraba.

Cuando el Rabipelado vio que la Poncha estaba bien sentada en la rama más alta, se metió en unos matorrales cercanos a esperar la noche.

La poncha, apenas vio que el Rabipelado le daba la espalda, voló al suelo y se quedó a dormir allí como lo hacía siempre.

Apenas oscureció, el Rabipelado se subió rápidamente a la rama más alta del árbol.

-¡Ajá! -pensó-. ¡A ésta sí me la como!

Buscó arriba y abajo, aquí y allá. Recorrió todas las ramas buscando a la Poncha, pero... ¡caramba!, no la encontró.

-¡Qué maligna eres, hermana Poncha!- gritó furioso el Rabipelado-. ¡Y con el hambre que tengo yo!

De rabia se puso a llorar y a saltar y, en uno de esos saltos, se cayó de la punta de una de las ramas más altas del árbol y allí se quedó en el suelo, dolorido y protestando contra la mala suerte.

Dice la gente de la Gran Sabana que por eso huele feo el Rabipelado... ¡por la rabia que aún no se le ha ido, pues!

Notas:
  • Este cuento fue tomado sin autorización del libro Los cuentos que cuenta el viento. Marta Giménez Pastor, Ed. Magisterio del Río de la Plata, 1993; si existe algun problema en cuanto nos lo notifiquen, será retirado.
  • Cuento de origen Venezolano, de la tribu Pemón.
  • Rabipelado: mamífero roedor semejante a la liebre; marsupial, "primo" de los canguros australianos aunque su aspecto no lo denuncie.
  • Trompetero, Piacoco, Poncha Relojera: pájaros característicos de la región de la Gran Sabana, al sur de Venezuela, habitada por la tribu de los pemones. Es de la familia de las grullas y parece un pollo jorobado.
  • Sekiunwarai: Arbusto de la región de la Gran Sabana, al sur de Venezuela.
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